La naturalidad transformada
No recuerdo, exactamente, qué escribí en anterior ocasión sobre la pintura de Manuel Vacas; pero sí me atrevería a afirmar que no la embarcaría en uno de esos piropos engolados, en los que, por la circunstancias, se cae a veces con la mejor intención. Tampoco
recuerdo los cuadros de entonces. Contemplo los de ahora, y creo que no se notan cambios innecesarios. En el recuerdo sí está la fuerza de uno colores vibrantes e intensos, junto a la naturalidad de la temática. Y escribo naturalidad, aplicándola a las cosas que de ordinario utilizamos; a los ambientes, en que la vida de cada día se desarrolla; y a los recorridos que, de tarde en tarde, cada cual realiza, como un ejercicio habitual. No parece obedecer esta constancia temática a que el pintor no haya encontrado otras rutas; más bien, lo que sucede es que prefiere guardar la fidelidad, porque en ellas ha encontrado un objetivo común, con posibilidades para ser transformado en algo distinto y, sobre todo, para ser mejorado, a través de esa transformación.
Una máquina de fotos tiene capacidad para transfigurar la ordinariez del abandono y la grosería de los comportamientos en imágenes cuajadas de sensibilidad y hasta de belleza. Puede buscar el enclave preciso, enfocar el aspecto más despiadado o más humano.
Si no se me considera paternalista, algo así diría de la pintura de Manuel Vacas, a la que, por cierto, no inculco, pese a lo escrito, el menor grado de grosería u ordinariez. Lo que digo, al fin, es que un vulgar banco, de los cientos que pueblan los jardines y que el ojo humano contempla en cada desplazamiento ciudadano, es transformado, gracias a los pinceles de Manuel Vacas, en algo que parece pieza única y que reclama la atención del viandante. También, el ensordecedor e insoportable traqueteo de turismos y autobuses que arrasan la Gran Vía, parecen renegar de sus disparates Callejeros para tronarse en una visión casi serena de lo que, de ordinario, nos abruma con su insolencia. Una rama –una más– de cualquiera de esos árboles que no cobijan, durante el pesaroso estío, adquiere, en uno de los lienzos de este pintor, una levedad y una elegancia de la que jamás nos hemos percatado. Pero también busca no la transformación, porque no es necesaria, pero sí darnos a entender que el uso de los pinceles no está reñido, en absoluto, con esos otros enclaves, esos otros temas, que siempre han desempeñado un papel preponderante y en apariencia más idóneo, para la sensibilidad artística: la serenidad del paisaje marino, la excepción del paisaje nevado, la familiaridad del paisaje terrenal. Basta con un vistazo para captar lo que puede parecer superficial y sobrante disertación.
Es difícil, a la hora de buscar consecuencias, saber donde está la que más atrae, preocupa, divierte o emociona en la pintura de Manuel Vacas. Quizá, cada uno de los cuadros encierra un mensaje solapado en torno a nuestro conducta diaria: nos quiere enseñar donde está esa dosis de atracción de las cosas que utilizamos con la mayor indiferencia; de los lugares por los que transitamos y de las gentes con las que convivimos. Es de agradecer, y todavía más, si cada retazo de nuestra normalidad se nos aparece teñido del vistoso colorido que siempre nos acompaña y que, por aquello de la habitualidad, dejamos de percibir. La pintura que tenemos ante nuestros ojos es como una reconversión al alza de nuestra existencia, de nuestra vida de cada día. Es lo que uno cree.
PedroSoler
(Escritor y crítico de arte)